Elizabeth Conde

Desde que comencé a pintar soy una mujer feliz

Color, sonrisa constante e ingenuidad. Elizabeth Conde es una artista plástica, autodidacta que abre sus ojos con asombro ante la belleza. Vive y rodea el estado Carabobo desde Morón a Puerto Cabello, donde casi siempre están sus obras expuestas en la calle de los Lanceros.

Conde mantiene esa mirada de inocente niña que descubre todo a su paso. Quiso pintar el cerro WuarairaRepano pero nunca lo había visto. Así que se fue en autobús a buscar su revelación. Aprovechó ese viaje y recorrió calles y avenidas congestionadas de Caracas, vio una representación cultural con músicos del llano, paseó frente al Congreso, palpó la ceiba centenaria.

A su regreso, el lienzo se hizo pequeño, escaso. Todos esos referentes danzaban a través de sus pinceles, le dieron forma, color, dimensión. Así es ella, nada pasa desapercibido.

Aunque nació en Colombia, “en una ciudad muy bonita al centro, Girardot”, su vida entera la ha habitado en esta tierra. Ella se llenó de colores, a partir de sus 41 años, cuenta que fue como una revelación y una necesidad de subsistir del alma. Sin embargo, “para mí todo mi entorno se convertía en una escena para pintar, todo lo veía en mi mente como si fuese un cuadro”.

Su vida no ha sido fácil, aclara, muy solitaria, trabajosa y afanada, describe. “La soledad no me asusta, creo que a propósito la buscaba para crear en mi mente, porque aunque dibujaba de niña, me ponía muy nerviosa ante el papel en blanco y los pinceles”.

La huida.Ella siempre fue estudiosa, cuenta, sabía que quería ser arquitecto, pero no le fue dado ese deseo. “Lloraba día y noche porque quería salir del pueblo, estudiar, vivir otra vida. A mi me daban palizas a diario, porque hablaba o actuaba en función de mis anhelos”, solloza. 

Se hizo amiga de una chica que trabajaba en una oficina, a escondidas ella le enseñó a escribir a máquina, ya era una adolescente. Recuerda que consiguió ese trabajo con el que ayudó a su familia, pero el pueblo la ahogaba y sus días se ensombrecían. Tenía que irse. Se aceleró su huida cuando su padre de nuevo le pegó, se dijo “hasta aquí”. Tenía un amigo que también quería irse y juntos se fueron.

Recorrieron varias ciudades del llano colombiano. Reseña su entrada a Venezuela por Barinas, a pie y sin papeles. Esta tierra le dio esperanzas y cinco hijos  y dos tristezas en el amor. “Aunque mi gran reconciliación con la vida provino de Dios, él me sacó del laberinto en el que me encontraba y me indicó el camino del arte como una gran revelación”.

Los lanceros y la luz.De esa calle de herencia colonial y tradición marina, Los Lanceros (Puerto Cabello), Conde guarda cuentos hermosos. “Ya no tiene el mismo encanto que años atrás, pero aún recuerdo verme rodeada por jóvenes marineros noruegos, estadounidenses, canadienses y de muchos países, admirando mis cuadros. Les encantaban las historias que narro, los colores y la luz atrapada en ellos”, rememora.

“Durante un tiempo recibía encargos de sus familiares y amigos y tenía que enviarles mis telas enrolladitas”, dice entusiasmada Conde.

“Me di cuenta de que ese hombre con el que me había casado había sido un gran error y me separé. Al pasar del tiempo, volví a enamorarme, vivimos muy bien por once años. Junto a él aprendí a pintar. Nos íbamos a la calle Los Lanceros de noche y veíamos como lo hacían los otros artistas”, confiesa.

 

No era feliz y mis cuadros lo transmitían, sentencia Conde. “Hubo un día que me subí por una colinita del terreno donde vivíamos y en medio de los árboles empecé a hablar con Dios, le pedí que me ayudara. Le pedí un trabajo donde yo ganara más para poder mantener bien a mis hijos. Lloré mucho, fuerte y me desahogué. Siempre he tenido problemas pero guardo esperanza”.

 

“Todos los días de mi vida le doy gracias a Dios porque la pintura me sacó del hueco donde yo estaba. Fue un milagro de Dios. Desde que empecé a pintar soy una mujer feliz”, asegura. 

Inocente ingenuidad.Una calle con sus historias, un Araguaney en flor, una escena de baile típico, unos niños jugando con las tradiciones, el sol, la luna y las estrellas. Parece pintado por un niño, por la inocencia, la espiritualidad e ingenuidad del trazo y de la narración.

Es el espíritu aniñado de Elizabeth Conde, con su sonrisa plena y su cuento incansable. No teme exteriorizar sus más íntimos secretos, es abierta y llana. Descubrió en la fe un camino para su vida llena de arte, ese que transpira sin pudor.

Resalta en su obra el paisaje, los detalles de las tradiciones, la gente siempre haciendo. Haciendo un raspao, un papagayo, un baile, un canto. Siempre en movimiento, en gerundio, como la artista plástica describe.

Ha incursionado en el mundo de las tres dimensiones. Le gusta también experimentar con los materiales y las superficies. Así se expresa en tela, papel, madera, metal o piedras. Ahora ya no le tiemblan las manos al pintar y no se avergüenza de sus figuras.

Su obra ha sido reconocida en distintos concursos que se han realizado en el estado Carabobo, sin duda, merece traspasar sus fronteras. Su humor, su amor y generosidad, trasciende su obra.

 

Leyendas: 

Ingenua mirada de Elizabeth Conde

El color se sale de la tela para contar una historia

Carolina Marín

Fotos: cortesía de la artista

 

 

 

La música es un instrumento para la sanación

Conocí las estructuras musicales, me dedico a cambiarlas, y simplemente, fluyen mis composiciones.

Cuenta que desde niño al observar a una persona o un paisaje, inmediatamente imaginaba la música que le acompañaría, con la que musicalizaría ese instante. Era como un juego para Alfredo Escobar, hoy a sus 33 años, es un músicoque busca sanar cuerpos y almas.

Del árido paisaje de la Península de Paraguaná, donde nació, extrajo el sonido de ese viento que dobla las tunas, y la música le vino desde la cuna. Su familia es de músicos. Su padre arpista, Alfredo Jesús, acompañó en sus inicios a Reynado Armas y a Reina Lucero; su madre, cantante de oficios religiosos. “De pequeño aprendí a manejar las melodías en la iglesia”, recuerda. De sus dos hermanas, Raquel, le apasiona la música criolla, canta, compone y su trabajo ha sido reconocido en concursos.

 A pesar de que Escobar estudió formalmente música, teoría y solfeo y algo de piano en la escuela Sebastián Echeverría (Valencia), confiesa que decidió alejarse de la academia porque considera que la música debe salir del alma “no hay forma de capturar el viento con las manos”, dice para ejemplificar. Señala que los estudios formales tanto en música como para cualquier profesión, obligan a ver sólo desde una perspectiva por eso ahora que “conocí las estructuras musicales, me dedico a cambiarlas, y simplemente, fluyen mis composiciones”. 

Se ha propuesto Escobar ser un instrumento para la sanación, como una guitarra para la música. Es por ello, que a sus estudios musicales le ha sumado investigaciones relacionadas con el efecto o impacto de la música en los seres. “Está en proceso de edición un ensayo en el que demuestro tanto el poder sanador de la música como el efecto nocivo de algunos ritmos que incluso adormecen la pituitaria y controlan las emociones, haciéndonos reaccionar desde los instintos”, explica.

Así que se ha dedicado a componer música que genera ondas sanadoras y las aplica en sus terapias, obteniendo excelentes resultados en pacientes que han decidido curarse, expresa. Se ha preparado Escobar con estudios de homeopatía, naturopatía, acupuntura, musicoterapia, reiki y diversas terapias, que unidas con su formación musical, las emplea como un camino intencional para la sanación. 

Escobar tiene un canal en la red YouTube (Música celestial) en la que cada mes ofrece nuevas obras musicales, esenciales para las meditaciones, yoga o para escuchar a diario e intentar calmar la mente, que en su opinión, es muchas veces la que vuelve intranquilo al ser y lo enferma. 

La era pariendo. 

“Yo creo que esta era es importante para una nueva visión de las cosas en donde la imperfección es lo perfecto”, advierte Escobar. Cuando actuamos o creamos como artistas apegados a lo establecido nos sentimos seguros, enfatiza el músico, sin embargo, agrega que todo está en constante transformación y no hay que ser conformistas.

“Respeto las estructuras porque son parte del todo y las necesitamos, pero debemos transformarnos hacia la luz, en la música hay algunas energías que obedecen a luces oscuras, es decir, sombras, que impiden a la sociedad, crecer”, cuestiona Escobar. Hay acordes que transforman que son especiales que te hacen flotar que están creados  para volar, afirma y agrega, que esa  esencia está presente en la música shamánica que es medicinal proviene de nuestros ancestros. “De hecho me enamora hacer música medicinal, me permite permanecer en esa frecuencia en la que estás fuera de este mundo y conectado con el todo”. 

A pesar de que las terapias de sanación con música pudieran partir de lo individual, asegura Escobar que “estamos viviendo dentro de un pentagrama constantemente, siempre transitamos a través de la música, podemos decir que nuestra vida es una obra musical, de vez en cuando, despertamos a esa realidad y es cuando notamos que la música nos afecta”. 

En el día a día nos enfrentamos a la música que ambienta nuestro tránsito, desde el transporte colectivo, los sonidos estruendosos de la ciudad o del sitio de trabajo, muchas veces, asegura Escobar, son producto del desamor, y esa música o sonidos tienen un efecto muy profundo, “si escuchamos sólo música para llorar seremos seres muy tristes, si escuchamos reggaetón con su mensaje oscuro y su ritmo que afecta directo al corazón, se abrirán sólo los instintos. Somos llevados de un estado a otro, por la música y eso altera la salud”. 

Debería considerarse el tema de la salud pública a través de la música sobre todo en espacios de mucho tránsito, en las escuelas, en instituciones. Si las autoridades valoraran ese hecho, podríamos tener una sociedad más sana.

Mira el reloj, se derritió

“Mis composiciones van dirigidas al efecto, a un espacio de relajación que permite reflexionar sobre ese y detener el ajetreo de la mente, pues es una frecuencia que se centra en el yo tengo, a la que hemos sido sometidos”, señala Escobar.

“Es un logro del sistema capitalista mantenernos atrapados, es una forma de control, de mantener a todas las personas adormecidas frente al hecho de que el mundo real existe”, insiste este sanador que recomienda mantener el pulso más cercano a la relajación y menos dependientes, por ejemplo, de la tecnología, que es una nueva forma de esclavitud.Añade que sin duda, la música es una liberación.

Además de su proyecto de sanación a través de la música, pertenece a la banda valenciana, Gigante Roja, que fue seleccionada por el Festival de la DiversitéCulturelle promovido por la Unesco, (Francia) para recorrer ese país, proyectar su música y compartir nuestra cultura. Además, junto con sus integrantes, Andrés Hernández, Geison Barreto, Juan Carlos Sánchez, visitaron varios países europeos durante dos años. De esa experiencia, también se detonó la necesidad de transitar el camino de la curación, pues en París conoció importantes músicos dedicados a esta tarea.

Están grabando su creación musical, actualizando su obra, “queremos transmitirlo a las personas que conocemos y nuevas generaciones, impulsar a los niños y jóvenes en sus talentos y hacer que nuestra música nos exprese de la mejor forma, y sobre todo, que ella sea un vehículo para agradecer a las personas que nos apoyaron e iluminaron nuestros corazones, pues eso se transmite”. 

En primera persona

Soy Alfredo Escobar es el papel que me he asignado a mí mismo en esta vida.Soy un ser humano que ha llegado para aprender, así consigo más placer. Deseo conocer sobre la vida, trascender el karma y limpiar el camino de mi vida y de las personas que amo. Soy una herramienta musical de sanación, conectada con la naturaleza, con el amor, la paz, la tranquilidad, la calma, el ser “humano humano”, pues confío en que los verdaderos humanos están en un proceso de redescubrir nuestro propio ser. Amo a mi familia y a los animales, mi gato, aquel caballo, la lechuza que viene a visitarme.Quisiera limpiar mis caminos de la existencia y que me perdonen si a alguien ofendí. Mi intención en la vida es sanarme y sanar a quienes los necesiten. Quisiera encontrarme con las personas que lo necesiten, y contribuir con un mundo de personas más felices y trabajar en pro de una sociedad limpia de contaminantes externos, de contaminantes. Mi interés siempre ha sido la música sin letras pues considero que la sanación comienza dentro de ti, nadie puede decirte que te vas a sanar, tienes que creerlo tu mismo.La música sin voces hace que cada quien le coloque sus letras.

 

Carolina Marín

Fotos: Carolina Marín

 

 

 

Gerardo Estrada, Batuta de Oro

Se preparapara dirigir la Sinfónica Nacional de Paraguay y la banda Maestro Navarro Lara de Huelva, España, un concierto de trascendencia mundial en el que, Gerardo Estrada Martínez, a partir de ese instante, será Batuta de Oro, la primera de Venezuela.Inmenso como es, de cuerpo y alma, este venezolano, radicado en Minsk, Bielorrusia, ejerce el cargo de primer secretario cultural y coordinador del centro latinoamericano Simón Bolívar.

Cuando el pasado mes de mayo fue anunciado al mundo que Estrada Martínez había obtenido esta distinción, sonaron los violines. Se trata del primer venezolano reconocido en este concurso internacional de dirección orquestal 3.0. El acto de premiación será mañana 8 de agosto en España. Los músicos César Augusto Sierra de Colombia obtuvo la batuta de plata y Juan Carlos León de Paraguay, la batuta de bronce.

La ceremonia solemne de premiación se realizará en el auditorio de la Casa Colón en Huelva y contará con la presencia de 120 directores de orquesta de todo el mundo y la presentación de la Orquesta Internacional de Directores de Orquesta (OIDO). En este concierto, destacados solistas se presentarán y serán dirigidos por el maestro Juan Carlos Dos Santos, quien es el director titular de la Sinfónica Nacional de Paraguay, y el propio director galardonado, Estrada Martínez. 

Así mismo, el director informa que asistirán distinguidas personalidades de la música tanto españolas como paraguayas.Anunció Estrada Martínez que como parte de la premiación, viajará a Paraguay el próximo 26 de agosto para dirigir a la Orquesta Sinfónica Nacional de Paraguay en la Asunción.

Antes de esa fecha comenta que “Nos  presentaremos en dos escenarios importantes en España con la International YouthPhilarmonicOrchestra (Orquesta Filarmónica Juvenil Internacional), institución integrada por jóvenes músicos de distintas partes del mundo”. Agrega que él es el primer director invitado y que en ambos conciertos, participará como solista, el pianista también venezolano, Alfredo Ovalles. 

El repertorio para este importante concierto está integrado por obras de Rimsky-Korsakov, Shostakovich, Gershwin y el gran músico venezolano, Evencio Castellanos, quien también será homenajeada su figura y trascendencia por cumplirse cien años de su nacimiento. 

 

Esta es la historia

De niño soñaba con dirigir una orquesta. Comenzó este anhelo cuando su hermana le regala un violín. Se dedica a estudiarlo, a cada uno de los grandes violinistas del mundo. Pero Estrada Martínez no es ajeno a la música popular, por el contrario, le animan cada uno de los ritmos y géneros venezolanos. 

 

¿Cuál es la banda sonora de tus recuerdos?

La banda sonora de mi vida tiene un lugar preponderante nuestra música, la música venezolana, el canto de nuestros pueblos, de nuestras raíces, eso tiene una importancia destacada en mi vida, más allá de todo.  

 

De tus instrumentos de estudio, el violín y la percusión, tan distintos uno del otro, cómo se amalgaman, qué generan en ti cada uno.

Mi instrumento siempre ha sido el violín, lo comencé a estudiar a los tres años en el colegio Emil Friedman, en Caracas. Aunque siempre me sentí tan atraído por otros instrumentos, tenía una intuición, una cosmovisión de la orquesta y me interesaban los sonidos de cada uno. 

 

Así un día, faltó el timpanista en la orquesta, se requería de alguien que tocara la percusión, le dije al maestro, casi en broma, que lo podía hacer. El maestro me dijo, anda y hazlo, para mí fue un shock, siendo un niño músico entiende que tocar un instrumento de percusión no es caerle a palos a una olla, ni hacer ruido, pues es un arte muy complejo. El maestro Mauricio García comenzó a guiar mis pasos. Ahora como director es una ventaja conocer se perfectamente cómo puedo pedirles a los músicos el sonido que quiero. La percusión tiende a ser un mundo desconocido para algunos directores, tengo la dicha de conocer muy bien esta familia instrumental.

 

¿Y a partir de esta Batuta de Oro?

Es un momento muy alto en mi carrera, pero lo asumo con humildad, conociendo mi contexto histórico, la responsabilidad que eso genera. Deseo que otros jóvenes lleguen a través de la música a elevar su espíritu. Me siento enormemente agradecido con mi país, por el apoyo y las oportunidades que me han sido brindadas a lo largo de mi vida. 

 

En estos 35 años que acabo de cumplir hace dos días, veo las metas siempre relacionadas con la música. No me contengo las ganas de compartir esta Batuta de Oro con mi familia, amigos, músicos y el pueblo venezolano a quien me debo, de allí que al finalizar mis compromisos, viaje inmediatamente a Venezuela. Los sueños que vienen están relacionados con todo lo que sea necesario para enaltecer mi patria a través de la música. Sueños e ilusiones, pero poco a poco.

 

Carolina Marín Guevara

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Nítida Guevara: cultora de sangre y vida

Es alegre, contadora de historias, bailarina, cantora y colorida. Nítida Guevara Morales baila desde chiquita el joropo y de allí arrancó con el resto de las danzas venezolanas. Su vocación por la cultura popular la lleva en la sangre, le sale “por ser enseñadora y porque me gusta hacer que las personas sepan nuestra historia de dónde venimos, porque entonces facilito sabremos qué vamos a hacer”.

Su casa está rodeada por topochales cargados yunos árboles que albergan turpiales cantarines. Tiene un cuarto lleno de floridos vestidos y sombreros igualitos a los que usaba su abuela y que ella lleva puestos a diario, en esta obra cotidiana que es la vida. De su boca a cada instante salen recuerdos de esa herencia que lleva en su andar, que viene de su abuela y sus ancestros. Comenta que hasta tiene una abuela de crianza viva, de 98 años que se llama Olimpia y reaviva los recuerdos.

Nació en Valle de la Pascua (Guárico), pero ha vivido en varias ciudades. Narra que su bisabuela vivía en un asentamiento campesino llamado Rinconote y con ella pasaba siempre sus vacaciones. “Allí hacían muchas fiestas, música en vivo y baile, aunque yo sólo podía observar y escuchar, porque papá era evangélico, y no me permitía participar”.  Luego se mudaron a San Fernando de Apure con sus 7 hermanos. “Sancocho, cachapa y joropo era común por ese tiempo, hasta que el río Apure se desbordó y perdimos toda la casa”, recuerda.

Otra mudanza, la llevó a Güigüe y luego a Naguanagua. Ahora desde allí  viaja persiguiendo las tradiciones del país. “La cultura venezolana es muy linda. Yo soy una enamorada de todo lo que representa nuestra cultura, de la gastronomía, las manifestaciones, cantos, tradiciones dancísticas; todo tiene una belleza. Además, lo más importante, la gente, el venezolano es dulcito y hace asume las tradiciones con tanto amor”, cuenta sin parar.

 

Educadora, enseñadora

Nítida está enfocada en la educación a través la vivencia y el disfrute honesto  de las tradiciones. Se graduó como licenciada en Educación mención educación musicalen la Universidad de Carabobo, pero desde siempre comparte sus experiencias y conocimientos, es nato en ella integrar a las personas en una actividad cultural. 

A lo largo de su trayectoria ha pertenecido a distintas agrupaciones, ha conformado otras tantas, como Danza, educación y folklor que estaba integrada por educadores. También participa en los talleres Cantaclaro que dictaba la profesora Nayleth Mogollón, frecuenta a los cultoros, Esther Quintero, Guillermina Ramírez, Teresa León, Luis Mariano Rivera, Carrao de Palmarito, para absorber su  savia. Se ha nutrido y ha expresado a través del tamunangue, San Benito, San Juan, Calipso, Joropo, los Pastores de Aguas Calientes, canto de pilón, entre tantos otros. También en versos, cantos y poemas.

De hecho cuenta, que para no separarse de su familia, le ha hecho a cada uno su vestuario, les enseña los bailes, las tradiciones y los incorpora en sus montajes. De esto han transcurrido 23 años, y de ese grupo familiar y de amigos cercanos, crea el grupo Costumbres. Recientemente, también conforma la agrupación Kudubaré que significa libre como la liebre en idioma Jirahara. “Nuestro trabajo es difundir en comunidades, escuelas, asentamientos e investigar sobre nuestros orígenes culturales”, enfatiza. 

Para Guevara todo es susceptible de ser escrito y cantado, por eso va con su cuaderno registrando en versos esos motivos que le llaman la atención. El turpialito, la zancuda patas blancas, la tierra donde ahora vive, Naguanagua, y para musicalizar muy bien sirve un aguinaldo, un pasaje o un tambor. Ha recibido reconocimientos por su trayectoria, el más reciente, otorgado por el Consejo Legislativo del estado Carabobo. 

 

Al resguardo

Para Guevara conservar las manifestaciones culturales, darlas a conocer respetando su esencia es el trabajo que ha venido haciendo el pueblo. Sin embargo, opina que sin una política de Estado que preserve y le de resguardo, algunas tradiciones culturales podrían desaparecer. Para la cultora, “En este momento histórico hay una clara intención de salvaguardar y dar valor a nuestra cultura patrimonial y ancestral”.

Refiere la educadora, que hay leyes dan garantía tanto a las tradiciones como a los cultores, a quienes se les acaba de reconocer su seguridad social y jurídica. En todo el país funciona el Sistema Nacional de las Culturas Populares, la Red de Patrimonio alos que se debe fortalecer y orientar de una forma que vaya más allá de un aporte a la agrupación artística, sino que se garantice la continuidad del trabajo creador y se mida el impacto en las comunidades.

Por ejemplo, para investigar y conocer de cerca las manifestaciones, Guevara debe invertir de sus recursos limitados, en  viajar por el país, siguiendo cada fiesta, para vivirlas de cerca. Además, debe alcanzar también para el vestuario, el transporte, las presentaciones, y una larga lista de requerimientos necesarios para sustentar el trabajo creador.A pesar de ello, las tradiciones las hacen son las comunidades y muchas de ellas están vinculadas con devociones religiosas.El riesgo de que esto se quebrante muchas veces viene por la banalización de la tradición, la comercialización y el empresario que quiere sacar provecho monetario.

 

En primera persona, ventoleando versos

Yo traigo esto en la sangre desde hace 61 años cuando nací. Sabía que este sería mi camino.Yo soy una mezcla cultural, mi papá venía del negro africano, mi bisabuela y abuela materna, una mezcla con el español, y de eseamasijo, salgo yo. Por eso me gusta todo este gran mestizaje cultural. 

Un día me encontré con Johhan Hernández, músico y también cultor, y me dijo: “Nítida ya es hora de que grabes tus composiciones”, y tiene razón, yo he escrito unas 50 producciones y en ello estamos trabajando ahora. Este año seguro saldrá un disco, producido de manera independiente, con versos que dedico a los niños y jóvenes. Ahora ya me entusiasmé, así que también produciremos los temas que tengo para adultos que son con más humor del venezolano. 

¿Qué te cante uno de los temas? “Oh, Niño Jesús Bendito, regálame en Navidad, un coro de pajaritos,  para alegrar a mamá. Como estimo a mis amigos, te voy a agradecer, los regalos que les traigas, les causen mucho placer”, este es el estribillo de un aguinaldo que estamos grabando ahora. Y también quisiera publicar un libro de poesía que ya tengo escrito. 

Antes de que llegara el presidente Hugo Chávez había un desconocimiento de las tradiciones y ante la ignorancia, las personas reaccionaban.  A mí, por mi forma de vestir, me tiraban hasta piedras, y yo les decía, pero si así se vestía tu abuela. Ahora, los niños me miran con sus ojos de amor curioso, los jóvenes me abrazan y los hombres, hasta me coquetean. Ríe a carcajadas coloridas.

 

Carolina Marín Guevara

 

Fotos: Johhan Hernández

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